Asier Cuesta Donás
Nos encontramos en medio de un huracán de violencia que va en escalada según pasan los días. El panorama geopolítico actual se ve orquestado por publicaciones de X donde se amenazan y se declaran guerras sirviéndose de la paz y la libertad como excusa, todo de la mano del archiconocido como el país más democrático del mundo: los Estados Unidos de América e —también con la palabra democracia siempre junto a su nombre— Israel.
Si bien, todo lo sucedido en Irán y, en resumen, en Oriente Medio, es un conflicto bélico, considero que más allá de los misiles también se está librando una guerra narrativa. Cada publicación en redes y cada discurso está concienzudamente meditado. Las palabras que usan, el tono, no son casualidad. Para iniciar, me gustaría esclarecer por qué hablamos de colonialismio en esta cuestión, y esto lo podemos explicar con el mismo topónimo de Oriente Medio. La escritora egipcia Nawal Saadawi puso en jaque este topónimo al preguntarse: «¿Oriente Medio?, ¿medio para quién?». Según Saadawi no podemos ir ni hablar en contra del colonialismo empleando un lenguaje colonial, pues Oriente Medio es un referente a la distancia con Londres, su país colonizador; en cambio, propone llamarlo Asia Sudoccidental y Norte de África para así «descolonizar» el lenguaje. Teniendo en cuenta lo que expresa Saadawi ¿el lenguaje también es colonial? ¿También es política?
A nosotros, los occidentales, no nos ha importado mucho la situación en estos territorios; no ha sido hasta cuando un presidente de una potencia mundial se vio enormemente preocupado por sus mujeres, decidiendo intervenir militarmente en el país. Del mismo modo que años atrás ignoramos a sus ciudadanos, hoy ignoramos la realidad de esta intervención: Irán es el tercer país con más reservas de petróleo según la clasificación de Worldometer en 2025. El presidente Trump no mostró su preocupación ni solidaridad con las mujeres iraníes oprimidas por los ayatolás en ningún momento hasta que empezó la expansión de su imperio con Venezuela; entonces Trump se convirtió en el principal defensor de los derechos humanos, atreviéndose a retratarse como Dios usando la IA.
EE. UU. utilizó el lenguaje para justificar sus acciones bélicas ante el mundo: él lo hace por un bien mayor. Se construye toda una tramoya de relatos para esconder su objetivo primitivo y brindarse imagen ante su público, que ahora lo va rechazando. Un claro ejemplo de la teoría de Foucault: «En toda sociedad la producción del discurso está controlada, seleccionada y redistribuida por procedimientos que tienen por función conjurar sus poderes y peligros.» Se ajusta muy bien con lo que hace Israel cuyo gobierno está materializado unos de los genocidios más graves de la historia reciente. Netanyahu y su administración no se contentan con masacrar al pueblo, también lo están haciendo con su cultura. Bombardean escuelas, bibliotecas lugares de cultivo de conocimiento para eliminar cualquiera cosa que ponga en duda su verdad. Aquí Israel hace todo lo que tiene en sus manos para ilegitimar la historia palestina y se agarra a percepciones religiosas para eximirse de total responsabilidad.
En definitiva, este contexto, la violencia no solo se manifiesta en los territorios donde estallan los conflictos, sino también en la manera en la que estos son contados, interpretados y difundidos. Las narrativas no son neutras ni inocentes: construyen realidades, legitiman decisiones y moldean la percepción de lo que entendemos como verdad. Así, lo que se presenta como defensa de valores universales puede ocultar intereses más profundos, mientras que aquello que se silencia queda fuera del relato dominante. Tal vez el verdadero campo de batalla no sea únicamente el geográfico, sino el discursivo, donde las palabras no solo describen el mundo, sino que lo ordenan, lo justifican y, en última instancia, lo hacen posible.
