Las Misiones Pedagógicas: La utopía que llevó la cultura a la España rural

Las Misiones Pedagógicas: La utopía que llevó la cultura a la España rural

Paco Palacios / Cal Dir

Al proclamarse la Segunda República el 14 de abril de 1931, España era un país dividido por una profunda brecha cultural. En las ciudades abundaban los cafés literarios, las tertulias intelectuales y los cines de estreno, en el campo —donde residía el 75% de la población— el analfabetismo alcanzaba al 44%. Diez millones de españoles no sabían leer ni escribir, y para millones más, el arte, la música o el teatro eran realidades ajenas a ellos.

El nuevo gobierno republicano entendió que no bastaba con reformar las leyes. El 29 de mayo de 1931, el ministro de Instrucción Pública, Marcelino Domingo, firmó el decreto de creación del Patronato de Misiones Pedagógicas, un organismo destinado a «difundir la cultura general, la moderna orientación docente y la educación ciudadana en aldeas, villas y lugares».

Las Misiones Pedagógicas eran el resultado de medio siglo de lucha por la renovación educativa impulsada por la Institución Libre de Enseñanza (ILE), fundada en 1876 por Francisco Giner de los Ríos. El espíritu que animaba a la institución defendía una educación integral que abarcara la instrucción académica, así como el desarrollo estético, moral y cívico de la persona .

Manuel Bartolomé Cossío presidente del Patronato, resumió el sentido de las Misiones: «Somos una escuela ambulante que quiere ir de pueblo en pueblo. Pero una escuela donde no hay libros de matrícula, donde no hay que aprender con lágrimas, donde no se pondrá a nadie de rodillas como en otro tiempo. Porque el gobierno de la República que nos envía, nos ha dicho que vengamos, ante todo, a las aldeas, a las más pobres, a las más escondidas y abandonadas, y que vengamos a enseñaros algo, algo que no sabéis por estar siempre tan solos y tan lejos de donde otros lo aprenden, y porque nadie hasta ahora ha venido a enseñároslo; pero que vengamos también, y lo primero, a divertiros» .

Esta declaración de principios supone una idea revolucionaria: la cultura es un derecho fundamental, y el acceso a ella debe ser también una forma de justicia social. Cossío lo expresó claramente «Si la sociedad busca afanosa, y como su más urgente problema, medios para disminuir, al menos, el abismo que en ella existe en cuanto al disfrute de la riqueza, y esto se pide como obra de justicia, no hay motivos para que por justicia social igualmente no se exija que llegue a los últimos rincones de las chozas, allí donde la oscuridad tiene su asiento, una ráfaga siquiera de las abundantes luces espirituales» .

El Patronato logró reunir entre seiscientos y setecientos voluntarios procedentes de diversos ámbitos. Maestros, profesores universitarios, artistas plásticos, músicos, escritores y estudiantes que llevaron la cultura a los rincones más apartados.

Entre los «misioneros» hay algunas de las figuras más brillantes de la cultura española del siglo XX: la filósofa María Zambrano, el dramaturgo Alejandro Casona, el poeta Luis Cernuda, el cineasta José Val del Omar, el pintor Ramón Gaya, el músico Eduardo Martínez Torner, la bibliotecaria María Moliner, la escritora Carmen Conde, el escultor Rafael Dieste o la pintora Maruja Mallo.

La labor de las Misiones comprendió varios servicios complementarios, cada uno de ellos diseñado para cubrir un aspecto diferente de la formación cultural.

El Servicio de Biblioteca fue el más importante y el que consumió la mayor parte del presupuesto —alrededor del 50%— . Cada misión dejaba tras de sí una pequeña biblioteca de entre cien y quinientos volúmenes, cuidadosamente seleccionados, que quedaba instalada en la escuela local bajo la custodia del maestro . María Moliner, junto con su hermana Matilde y Luis Cernuda, fue una de las responsables de esta selección, que incluía clásicos españoles —Cervantes, Quevedo, Bécquer, Machado— y obras de la literatura universal —Dickens, Tolstói, Verne, Hugo—, pasando por cuentos infantiles de Perrault, Grimm y Andersen, y libros de divulgación científica .

Hasta el 31 de marzo de 1937, se distribuyeron 5.522 bibliotecas que sumaban más de 600.000 volúmenes . Cada biblioteca iba acompañada de un gramófono y una colección de discos que incluía desde Bach, Mozart y Beethoven hasta Falla y Albéniz, pasando por la lírica tradicional de diversas regiones . Para muchos campesinos, fue la primera vez que vieron un libro o que escucharon una sinfonía.

Cossío atribuía una importancia fundamental a la contemplación estética como herramienta educativa. Por eso impulsó la creación de un museo ambulante que llevara reproducciones de las grandes obras del arte universal a quienes nunca habían entrado en un museo.

El Patronato convocó un concurso para que jóvenes pintores como Ramón Gaya, Juan Bonafé y Eduardo Vicente realizaran copias a tamaño natural de las principales obras del Museo del Prado . La selección incluía Los fusilamientos del 3 de mayo de Goya, La resurrección del Greco, y otras obras maestras que, gracias a estas reproducciones, pudieron ser contempladas por campesinos en sus propias plazas y escuelas. Las Exposiciones Circulantes de Pintura llegaron a 179 localidades .

El Coro y Teatro del Pueblo, dirigido por Alejandro Casona, realizó 286 actuaciones con un repertorio adaptado al público rural, que incluía desde obras clásicas hasta piezas de teatro popular . Un teatro de títeres, El Retablo de Fantoches, complementaba estas representaciones.

El Servicio de Cine, coordinado por José Val del Omar, llevó el cinematógrafo a pueblos que jamás habían visto una pantalla. Se realizaron 2.395 proyecciones, con películas educativas y de entretenimiento. Además, sirvió para documentar las costumbres, paisajes y gentes de la España rural.

Durante el Bienio Negro (1933-1936), tras la victoria electoral de las derechas, el proyecto sufrió recortes presupuestarios y actos de sabotaje. En muchos pueblos, los caciques locales y los terratenientes hostiles a la República obstaculizaron la instalación de bibliotecas o boicotearon las actividades .En el presupuesto de 1935, el gobierno dejó de asignar fondos específicos a las Misiones, aunque algunos grupos continuaron su labor gracias al apoyo de entidades locales .

La sublevación de julio de 1936 y la posterior Guerra Civil supusieron el fin definitivo del proyecto. La dictadura franquista desmanteló sistemáticamente todo lo que las Misiones habían construido: escuelas, bibliotecas, museos. Muchos de los voluntarios sufrieron la represión: cárcel, depuración profesional o exilio. En 1940, el régimen calificaría a las Misiones Pedagógicas de «Apostolado del Diablo» .

A pesar de su corta vida —apenas cinco años—, las Misiones Pedagógicas no solo llevaron libros, arte y música a miles de aldeas, sino que demostraron que era posible un modelo de acción cultural basado en el voluntariado, la interdisciplinariedad y el respeto por las comunidades a las que se dirigían.

El exilio republicano trasladó este modelo educativo a América Latina, donde instituciones como el Instituto Luis Vives en México dieron continuidad a sus ideales. Hoy, en un mundo que busca nuevas formas de reducir las brechas culturales y educativas, la experiencia de las Misiones Pedagógicas sigue siendo una fuente de inspiración como vemos con alguna frecuencia en los barrios de nuestras ciudades.

Tal vez el mejor homenaje sea recordar las palabras que Manuel Bartolomé Cossío dirigió a los campesinos de Ayllón aquel diciembre de 1931: «No venimos a enseñaros con lágrimas, venimos a divertiros».

En el fondo, esa convicción de que la cultura es también placer, fiesta compartida y dignidad, sigue siendo una utopía necesaria.

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